lunes, 31 de mayo de 2010

S.O.S.¡PELIGRO!


Por no ser luz, no es amada, por no ser oscuridad no es temida, pasa desapercibida y se llama RUTINA.

No se la conoce, o al menos nadie se pre-ocupa de ella. Nadie la estudia. Pasa tan desapercibida, que nadie se asusta ni siquiera de su sombra.

Sin embargo es la fuerza más desestabilizadora de la vida misma del hombre. Es el roedor más temible del matrimonio, de la pareja y de la vida religiosa. Es decir de las vocaciones del ser humano. Ya desde el viaje de luna de miel o desde el noviciado, en la vida religiosa, es posible que la rutina empiece a socavar, las raíces de la ilusión y del amor.

Se hace presente también en todas las profesiones.

Uno de sus efectos es la apatía, la falta de ilusión y se hace presente la tibieza.

¿ Qué es la rutina? Si es difícil detectarla, más difícil es describirla y practicamente imposible definirla.

La rutina aparece cuando las cosas comienzan a perder entre sí sus diferencias, cuando las cosas pierden novedad, todo es igual.

Entonces entra en juego la monotonía, que es la madre e hija de la rutina. El elemento que diferencia un momento de otro, una cosa de la otra, pierde relieve, nos da la sensación de que murió el tiempo interior, que marca la transición entre una situación presente y la que le sigue.

Y desaparece la capacidad de asombro que es la facultad de percibir cada cosa como nueva e incluso de captar como nueva cada vez, una misma situación.

Es posible que la repetición genere la rutina y como consecuencia el aburrimiento.Pero no siempre es exactamente así. Cuando el interior está poblado, por el entusiasmo, ese Dios interior que es tambien un don de Dios, una misma frase "te quiero", repetida cinco mil veces, puede tener mayor novedad la última vez que la primera.

Cinco mil días vividos en compañía de una persona pueden resultar igualmente novedoso y aún despertar el último de ellos, mayor asombro que el primero. El misterio y la solución de la rutina residen en el interior del hombre, en su corazón. Tenemos entonces, la tentación de recurrir a la variedad para superar la rutina, recorrer nuevas tierras, descubrir otros pueblos o paisajes desconocidos, buscar nuevas amistades, modificar los hábitos cotidianos. Todo es bueno y pueden ser ayudas positivas. Pero no es ese el camino de la verdadera solución.

La novedad debe venir de adentro hacia afuera, no de afuera hacia a dentro. Un paisaje incomparable contemplado por un espectador triste, no es más que un triste paisaje. Lo que importa es conservar la lámpara encendida. Cuando el interior del hombre es luz, todo es luz.

Pensemos cuál es el orden de nuestras prioridades, miremos con alegría esta familia que Dios nos encomendó cuidar, agradezcamos cada día el sol y la lluvia, valoremos el cariño que nos une en la diversidad a pesar de nuestras diferencias, pequeñeces, debilidades. Confiemos en este Dios que se nos regaló en el corazón, y que sabemos nos ama profundamente.

Y sabernos amados nos pone en movimiento, y nos permite valorar el verdadero amor: darnos de corazón, limar asperezas, dialogar, comprender, recordar qué nos enamoró e iluminar nuestra mirada con la mirada de Dios.